Reserva Nacional de Paracas – Primera etapa del itinerario de 250 km.

A las 8:30, Juan, nuestro conductor, vino a recogernos y salimos rapidamente para hacer nuestro viaje hacia el sur de Perú.

Como de costumbre, el cielo y el sol estaban ocultos por la niebla.

Tomamos la carretera Panamericana Sur, la carretera principal que cruza el Perú longitudinalmente, a lo largo de la costa del Pacífico. Saliendo de Lima el paisaje ha mudó mágicamente.

A la derecha de la carretera había la costa y las largas playas con pequeñas aldeas y grandes chalets, probablemente lugares turísticos. A la izquierda, sin embargo, encontramos dunas de arena y roca, hábitats de «aldeas» con cientos de chozas tipo favelas, sin electricidad ni agua.
La gente que vive allí los apodan «intrusos», o algo parecido, porque se instalan en estos lugares sin ningún tipo de permiso y, obviamente, sin servicios primarios (electricidad, agua, alcantarillas).

Juan nos dijo que el Estado, después de un período a veces muy largo y cuando la situación se vuelve insostenible, se ve obligado a intervenir instalando servicios de utilidad primaria para evitar problemas de salud pública como epidemias.

Durante todo el viaje encontramos muchos de estos asentamientos «abusivos» donde se veía tanta miseria. Mientras, al otro lado de la carretera en la costa, había hermosas villas, pequeños centros comerciales y playas equipadas ¡una increíble contradicción!

Colazione sulla panamericanaDespués de aproximadamente una hora, Juan se detuvo en un lugar típico para desayunar «Avicola Don Bruno». Una especie de restaurante al aire libre construido con ladrillos y chapa y con tres o cuatro grandes hornos de leña donde asaban pollo para los sándwiches (tipo pita).

Comimos sándwiches con pollo, jamón, ensalada y queso. Puede que fue el atmosfera «on the road» ¡pero estaban deliciosos! (¡Pagamos 27 soles!)

Una breve siesta y retomamos nuestro viaje hacia la Reserva Nacional de Paracas.

Entramos en la región de Ica y el paisaje cambió nuevamente.

Vimos grandes áreas verdes con muchas cultivaciones de maíz, quinua, papas, cebollas rojas y otros tipos de cultivos. Incluso la niebla se había ido y finalmente salió el sol.
Desaparecieron las aldeas de los «intrusos» y empezaron a verse pueblo civilizados y limpios. Exuberantes tierras de cultivo bien organizadas y más casas «civilizadas» destacaban en el horizonte.

En la región de Ica hubo uno de los primeros asentamientos agrícolas en la historia del continente y donde nacieron las primeras civilizaciones: los Paracas conocidas por las suntuosas tumbas funerarias, por los práctica de perforación del craneo y las maravillosas creaciones textiles; los Nazca famosos por los diseños en las pampas de Nazca y San José y por el conocimiento avanzado de la ingeniería hidráulica gracias a la cual construyeron acueductos y canales subterráneos para el desarrollo de la agricultura en el desierto (visible y funcional hasta hoy); los Chincha que eran expertos pescadores y comerciantes.

Riserva di Paracas

Más allá de esta exuberante y verde área, entramos en el verdadero desierto y más precisamente en la Reserva Nacional de Paracas, un rico ecosistema costero que consiste en el desierto, playas, islas y acantilados.

Es sabido que en las aguas costeras de esta zona son entre las más ricas en placton.

Tras pasar las puertas de la entrada de la Reserva Nacional de Paracas vimos en una gran laguna, numerosas aves entre las que destacaban los flamencos.

Queríamos parar el coche, pero Juan propuso que fuéramos antes a comer y luego, en el camino de regreso, nos acompañaría a los diversos puntos del paisaje para tomar fotografías con más tranquilidad.

Debido a la hora, todas estuvimos de acuerdo y seguimos por el camino rocoso entre las dunas amarillas y blancas a la izquierda y el mar a la derecha.

Al llegar a un pequeño puerto pesquero en la Reserva Nacional de Paracas, rodeado de restaurantes turísticos, Juan nos llevó a «La tia Fela», una pequeña taberna con mesas en una terraza frente al mar.

Una vista impresionante abierta de par en par ante nosotros con los numerosos islotes coronados por cormoranes y pelícanos tomando el sol.
Reserva Nacional de Paracas - Famoso Pisco Sour
Comimos ceviche con pulpo, dos platos de arroz con mariscos, una lubina asada, ensalada y maíz blanco gigante, y 4 botellas de agua.

Por primera vez probamos el famoso Pisco Sour (hecho de jugo de limón, clara de huevo y jugo de arce), ¡un cocktail típico peruano que es delicioso! (Pagamos 171 soles).

Terminado el almuerzo dimos un paseo por la colina detrás de los restaurantes.

Vimos asombrados, el paso de los pelícanos en formación como un escuadrón de aviones de combate, dos enormes buitres con la cabeza roja y muchos cormoranes y gaviotas.

¡A pesar del gran viento, el día fue hermoso y pudimos tomar muchas fotos!

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De vuelta al puerto fotografiamos a los pelícanos que paseaban por el muelle de la Reserva Nacional de Paracas, orgullosos e ignorando a las personas.

¡Nunca en mi vida vi tantos pelícanos en mi vida y tan cerca!

Fuimos al cohe y salimos nuevamente para dirigirnos a una duna bastante alta desde donde había una increíble vista panorámica de la Reserva Nacional de Paracas del desierto, de los acantilados que descendieron por encima del mar azul (un poco como en Irlanda) y de la inmensidad del océano.

Reserva Nacional de Paracas - La catedral Luego, Juan nos acompañó a otro punto de observación donde se podía ver una roca llamada «la catedral».
Una roca triangular que originalmente era parte del acantilado y, debido a un terremoto, se rompió y se convirtió en una pequeña isla, casa de aves pasajeras.

Regresamos a la laguna que habíamos visto en la entrada de la Reserva Nacional de Paracas y fuimos a fotografiar los flamencos y esa grande variedad de aves que vimos desde lejos.

Puede que era la hora de la siesta porque pero esos flamencos estaban inmóviles como estatuas, durmiendo sobre una pata.

Pr suerte las demás aves volaron en grupo sobre el agua de la laguna. Hermosos en su variedad, algunos con pico rojo y otros con patas azules.

Fotografiamos y filmamos con la esperanza de que al menos un flamenco despegara… nada, casi todos dormían excepto uno que paseaba incurante de los demás.

El tiempo si que volò y Juan nos llamó porque teníamos que llegar al hotel.

El hotel «San Agustín» en Paracas estaba ubicado en la playa, en un pequeño golfo. Las amplias y confortables habitaciones daban a un jardín que conducía a la orilla del Océano. Muy bonito y lo recomiendo.

Después de una ducha salí a pasear por la orilla. La puesta de sol era hermosa, la playa estaba desierta y se podía escuchar música andina en el fondo proveniente de algún hotel cercano.

Cuando llegó la hora de la cena, fuimos al puerto de Paracas, un pequeño muelle justo al lado del hotel con muchos de restaurantes típicos.

Entramos en uno que Juan conocía bien y cenamos con pulpo a la parrilla, pollo a la parrilla, cangrejo de río y vegetales al vapor (prácticamente crudos).

En la puerta del restaurante había un perro realmente feo que se le llama el «perro desnudo peruano». Un perro al que nunca  había visto. Sin pelos aparte de un mechón en la punta de la cola y otro como los que tienen los punkis en la cabeza.

Esta raza, nos explicaron, tiene orígenes muy antiguos y seguramente existía ya en el período preincaico porque se representaba en algunas cerámicas encontradas por los arqueólogos.
Debido a su fealdad, no siempre ha sido lo querido tanto que se arriesgó su extinción. Hoy, sin embargo, parece ser una raza muy popular.

¡Aqui también terminamos la noche con el pisco sour! (Pagamos 290 soles).

Recomendado:

– Visita a la Reserva Nacional de Paracas